
Uno de los argumentos que más oímos los defensores de los derechos de los animales es el de la racionalidad, la capacidad de discurrir o pensar. Quienes sostienen que los seres humanos tenemos derecho a hacer sufrir o matar innecesariamente a los animales a fin de obtener productos de ellos –una postura inconsistente, ya que ellos mismos condenan el llamado maltrato animal por razones triviales, pero no advierten que comemos carne sólo por su sabor— argumentan que los intereses de los demás animales pueden ser pasados a llevar porque ellos no son seres racionales. Nosotros, en cambio, tenemos inteligencia, y por lo tanto, podemos pasarlos a llevar cuando lo deseemos.
¿Es válido tal argumento? ¿Justifica el matar o explotar a los animales no-humanos para alimentarnos con sus cuerpos o demás productos? Dividamos la argumentación en dos etapas. La primera consiste en preguntarnos, ¿por qué habría de justificarlo? No veo qué razón puede haber para hacerlo. Una discriminación legítima, no arbitraria, debe estar argumentada en relación al aspecto a excluir. Si los hombres no tienen derecho a abortar –en los países en que es legal hacerlo— es porque no tienen la capacidad física de hacerlo. Asimismo, quienes no poseen licencia de conducir no tienen derecho a hacerlo debido a que pueden no saber manejar bien el automóvil y causar accidentes de tránsito. Ahora bien, ¿qué relación guarda el que los animales no tengan derecho a vivir o a no ser felices porque no pueden razonar? La capacidad de ser feliz se relaciona con un sistema nervioso, no con la razón. La discriminación es tan absurda como afirmar que las mujeres no deberían tener derecho a voto porque son más débiles físicamente que los hombres.
Es posible, sin embargo, llevar el asunto un poco más lejos y contra argumentar el artilugio de los especistas. En realidad, los demás animales no son máquinas que actúan sólo por instinto. Casi todos ellos son inteligentes, solo que considerablemente menos inteligentes que nosotros. No obstante, generalmente los animales tienen más habilidades intelectuales que algunos seres humanos, como los niños pequeños y ciertas personas con discapacidades mentales. La conclusión lógica es, por lo tanto, que si afirmamos que no debemos considerar los intereses de quienes sean considerablemente menos racionales o inteligentes que nosotros, deberíamos aceptar que se maten bebés y algunos humanos con problemas mentales (*)
Otro aspecto muy importante que nos lleva a descartar el argumento de la racionalidad –y que es del mismo tipo que el anterior- es el que veremos a continuación. Si aceptamos que la capacidad de pensar es una característica relevante moralmente, y por ello no consideramos a los animales no humanos como pacientes morales, seríamos incoherentes al otorgar los mismos derechos a todos los seres humanos. Una propuesta en armonía con el argumento de la racionalidad podría ser el dar menos consideración a los intereses de los individuos con coeficientes intelectuales inferiores a cien, por ejemplo. En una sociedad así, quizá quienes superaran la centena podrían tener de esclavos a los que no. Si combinamos el argumento de la racionalidad con las obvias diferencias intelectuales que existen entre los miembros de nuestra especie, obtendríamos resultados difíciles de aceptar.
Como hemos visto, no existe ninguna razón válida para discriminar en base a la racionalidad, y si decidimos hacerlo, tendremos que abandonar la idea de igualdad entre los seres humanos, pues no todos los seres humanos son igualmente racionales.
(*) Se podría objetar que la diferencia está en que los bebés son potenciales seres de elevada racionalidad, ya que luego crecerán y poseerán las mismas capacidades mentales de un adulto normal. En mi opinión, la potencialidad es una característica que no debe considerarse a la hora de tomar decisiones morales. No damos derecho a voto a jóvenes menores de dieciocho años pese a que son votantes en potencia. Este tema es un poco más extenso, pero podemos evitar inmiscuirnos en él imaginando que el niño, como a veces ocurre, nace con una lesión cerebral drástica e irreversible. De todas maneras, aún nos quedan los discapacitados mentales.



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